DOMINGO 15 DE JULIO DE 2012
Cuánto he deseado que mis hijos se acojan a mi misericordia y no a mi juicio. Los que rechazan mi misericordia se someten a mi juicio. Y así como mi misericordia no tiene límites y la ofrezco a todos los que se quieran acoger a ella, mi juicio no tendrá límites y llegará a toda criatura que no quiso acogerse a mi misericordia, sin excepción alguna.
Después de este tiempo de la Divina Misericordia vendrá el día del juicio en la que toda criatura recibirá según haya merecido. Los que se hayan acogido a mi misericordia recibirán el juicio con benevolencia ya que optaron por venir a casa y refugiarse en mi corazón misericordioso. Los que optaron por permanecer alejados de mí recibirán el juicio con todo su rigor. No habrá misericordia para ellos porque optaron no recibirla. Optaron por permanecer alejados de mí, cerraron sus corazones a toda posibilidad de misericordia. Se prefirieron así mismos en lugar de mí. No escucharon mis continuas llamadas a arrepentirse y cambiar de vida acogiéndose a mi Divina Misericordia. Si fueran tan sólo criaturas temporales morirían y allí acabaría todo para ellos, pero son criaturas creadas para la eternidad. Las hice para que fuesen felices eternamente y si deciden rechazarme para siempre serán infelices eternamente.
Mi corazón se ha abierto completamente y ha tenido misericordia con todos los seres humanos porque los amo tan profundamente que no quiero otra cosa que la que todos los seres humanos se acojan a mi misericordia divina y vivan felices eternamente.
Veo con mucha tristeza la inmensa multitud de seres humanos que me rechazan, que no creen en mi existencia, que conciben la vida como la existencia de una flor, que se realiza por un periodo de tiempo y después se marchita y desaparece. Son multitudes ciegas que van como por un camino hacia un gran precipicio. Creen que con ignorar o rechazar mi existencia, con rechazar la creencia de que fueron creados para una eterna felicidad, así será. Conciben que la vida sólo se realiza en este tiempo en que viven y por ello se entregan a disfrutarlo en la medida que pueden. Como no creen en mi existencia no les importa lo que hacen y como lo hacen. No creen que sus actos serán juzgados. Más aún, ya no creen que exista el bien o el mal. Todo es válido en la medida que sirva a sus fines de búsqueda de poder, placer y disfrute de esta vida.
No existe Dios, por lo tanto, no hay a quien entregarle cuentas. No hay vida después de esta vida, por lo tanto, sólo hay que preocuparse por esta vida. Están ciegos y locos. Creen que con taparse los ojos a la realidad de mi existencia y la vida eterna ya no existe esa realidad. Me da tristeza la inmensa multitud de seres humanos que actúan así, porque de permanecer en esa actitud serán juzgados de acuerdo a ella. Las consecuencias son muy serias. No se imaginan lo que van a cosechar con esa actitud. No se imaginan las consecuencias eternas de optar por no amarme. Les dejé la parábola de Lázaro y el rico Epulón para que comprendieran las consecuencias de llevar una vida así. Por eso quiero que una vez más mis almas escogidas, mis discípulos de este tiempo, reflexionen una y otra vez sobre esta parábola y que se la den a conocer por todos los medios posibles a todos los seres humanos. Quiero que todos la conozcan, qué todos tengan la oportunidad de conocer lo que va ocurrir al final de sus días en este mundo. Quiero que mis almas escogidas oren y supliquen mi misericordia para que los seres humanos reflexionen sobre esta parábola, para que abran sus mentes y corazones y entiendan que es la última oportunidad que tienen.
Este tiempo especial en que envío mi Misericordia Divina a la humanidad es la última oportunidad que la humanidad tiene para salvarse. Cuando venga el día del juicio se ejecutará la sentencia y cada quien recibirá según lo haya merecido cómo la recibió el rico Epulon. Quiero que todos los seres humanos estén al tanto de lo que va ocurrir. Que no se escatime el esfuerzo por dar a conocer esta parábola porque pediré cuenta de ello. Muchos se salvarán porque la escucharán y reflexionarán en ella. Sus mentes y corazones se abrirán y decidirán acogerse a mi Divina Misericordia.