DOMINGO 7 DE ABRIL DE 2013

Hoy Domingo, día en que se celebra mi Divina Misericordia, he cubierto con ella el mundo entero. Hoy han sido muchísimas las almas que se han acogido a ella y la han recibido con gran alegría. Y especialmente la he derramado en las mentes y corazones de mis almas escogidas, los apóstoles de la Divina Misericordia. 


Estas almas no conocen a plenitud lo que he obrado en ellas. No sólo han recibido gracias especiales para que puedan llevar a cabo su apostolado, sino que las he socorrido en todas sus necesidades. 


Son pocas las que se dan cuenta de ello y vienen a mi agradeciéndome lo que hago con ellas. La mayoría no lo nota y atribuyen a otros lo que yo he hecho por ellas. No se dan cuenta de que he sido Yo quien las he protegido y he cuidado de ellas. Les ocurre como a mis apóstoles, que fueron lentos en darse cuenta de lo que Yo hacía por ellos.


Ciertamente que ello influye en el apostolado que realizan. Aquellos que vuelven a mi agradecidos, lo hacen porque me aman y su amor va de mí a sus hermanos. Estas almas se entregan a su apostolado con amor y con ardor. Los obstáculos que se presentan los vencen con facilidad. 


En cambio, mis otras almas escogidas, que me aman imperfectamente, también aman imperfectamente a sus hermanos. Realizan su apostolado a medias. Los obstáculos las detienen y los consideran muchas veces como insuperables. Estas almas me aman, pero me aman imperfectamente. El amor así mismas y el amor al mundo no les deja amarme plenamente ni amar a sus hermanos a plenitud. 


Sobre estas almas también hoy he derramado mi Divina Misericordia en el día de hoy en forma especial. He tocado con más fuerza sus mentes y corazones y les he dado gracias especiales para que se liberen de sus ataduras y logren amar a mí y a sus hermanos a plenitud. Serán muchos los que se alejarán del camino de la condenación y vendrán a mí cuando estas almas escogidas tomen conciencia plena de su situación y decidan convertirse y entregarse plenamente al apostolado a que las he llamado. 


Es de suma importancia que aquellos que ya lo han logrado se esfuercen por su testimonio, por sus oraciones y sacrificios en lograr que todas las almas escogidas que no lo han logrado lleguen a convertirse y entregarse plenamente a sus labores de ser apóstoles de mi Divina Misericordia. 


Así ocurrió con mis apóstoles, ellos se apoyaron unos a otros, y así quiero que sea con los apóstoles de mi Divina Misericordia. Mis apóstoles poco a poco entendieron que no había otra tarea más importante que realizar que la de anunciar el Evangelio y bautizar a los convertidos. Ellos entendieron muy bien que la salvación de sus hermanos dependía de ellos. 



En igual forma, los apóstoles de mi Divina Misericordia también se van dando cuenta que la tarea más importante que tienen es la de ser apóstoles de mi Divina Misericordia. La salvación de sus hermanos depende de ellos, como ocurrió con mis apóstoles y sus sucesores hasta el día de hoy. 


El apostolado de la Divina Misericordia no es un apostolado más que surge en la Iglesia. Es el apostolado por excelencia que tiene mi Iglesia para llevar a cabo la salvación de las multitudes de seres humanos que han optado por el camino de la condenación y corren el riesgo de condenarse si no les alcanza mi Divina Misericordia. 


Por eso, cada año, en la celebración del Domingo de la Divina Misericordia revitalizo a todos los apóstoles de mi Divina Misericordia y les doy las gracias necesarias para que lleven a cabo su apostolado a plenitud. A las caídas las levanto, a las débiles las fortalezco, y a las fuertes les mantengo su fortaleza para que ayuden a sus hermanos apóstoles y continúen llevando a cabo tan hermoso apostolado.  A todas las acojo en forma especial en mi corazón y las animo a seguir adelante.